Doctrina y Convenios
Martín Harris se había comprometido a hipotecar su granja de 97 hectáreas para garantizar el pago de la impresión del Libro de Mormón. El impresor E. B. Grandin no comenzaría la impresión sin ese acuerdo formal. Para Martín, esto representaba arriesgar su casa, su patrimonio y sus relaciones familiares, pues su esposa y sus vecinos se oponían a este sacrificio. A través de la revelación registrada en Doctrina y Convenios 19:25–41, el Señor amplió la perspectiva de Martín con un consejo eterno: no debemos codiciar nuestros bienes temporales cuando la obra de Dios los requiere, porque con el Espíritu se poseen bendiciones mayores que todos los tesoros de la tierra. Martín respondió con fe y firmó el acuerdo hipotecario. El Libro de Mormón fue impreso. Esta lección enseña a ver los sacrificios que Dios nos pide desde la perspectiva eterna, no desde la perspectiva temporal y limitada que nos hace ver el sacrificio como pérdida.
"Y otra vez te mando que no codicies tus bienes, sino que los impartas libremente para imprimir el Libro de Mormón, el cual contiene la verdad y la palabra de Dios."
"Ora siempre, y te daré lo que pides de acuerdo con la justicia; y si pides algo que no está conforme a mi voluntad, ello se convertirá en tu condenación."
"Arrepiéntete pues, de tus pecados que son muchos, y desampara tus transgresiones con presteza, y no fatigaré más tu corazón."
"Si eres dichoso en hacer esto, tus pies serán afirmados en las sendas de la rectitud. Ve a buscar a mis siervos, y diles que doy a Martín Harris mi siervo una misericordia, si se humillare ante mí y te advierte con claridad y sinceridad de sus peligros."
"Unas de las contribuciones más grandes que Martín Harris hizo a la Iglesia, por la que se lo debe honrar en todo momento, fue la financiación de la publicación del Libro de Mormón. En agosto de 1829 hipotecó su casa y su granja para asegurar el pago al impresor Grandin. Ese acto de fe lo requirió de todo lo que tenía."
Presidente Dallin H. Oaks
Liahona, noviembre de 2004, pág. 45
Cuando vemos los sacrificios que Dios nos pide desde una perspectiva temporal, pueden parecer abrumadores o injustos. Pero cuando los vemos con una perspectiva eterna —entendiendo que con el Espíritu del Señor tenemos bendiciones mayores que todos los tesoros de la tierra— cambia todo. El consejo del Señor a Martín es el mismo para nosotros: no codiciemos los bienes temporales, sino que los usemos con generosidad en la obra de Dios. Los sacrificios realizados con una perspectiva eterna no son pérdidas; son inversiones en el reino de Dios y en nuestra propia vida espiritual.
¿Listo para la evaluación?